Simionema | Artículo de opinión: David Bowie Blackstar
Artículo de opinión del periodista y escritor Diego Passamonte. Blackstar, David Bowie.
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Artículos de opinión

El ruido del final

Diego Passamonte
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Este artículo es propiedad intelectual de Diego Passamonte y se encuentra asentado en el registro de propiedad intelectual SafeCreative. Si desea mencionarlo, citarlo o difundirlo, utilice la siguiente referencia:

Passamonte, D. (2018). ” El ruido del final”. Disponible en: https://simionema.com/bowiepassamonte/

©Diego Passamonte. Todos los derechos reservados.

 

Creo que muchos de nosotros tuvimos, y aún tenemos, la sensación de que algunos artistas están en otro plano, un poco fuera del tiempo y del espacio que habitamos. De todas maneras, o a pesar de ello, se las ingenian para concebir obras maravillosas en este aquí y ahora. Quizá, una de sus cualidades es que poseen un agudo sentido del presente y una proyección sensorial y empírica que los lleva lejos. Quizá no sea que el hoy les aburra; es que están hechos para el mañana, para perdurar. Algunos “críticos” rotulan esas obras como vanguardistas —en cualquiera de los ámbitos que se generen—, sea la música, pintura o las letras. Son obras que se adelantan en el tiempo por diversos caminos, pero dejando algo claro: pertenecen al futuro y, en muchos casos, amplían la perspectiva de quien las recibe. Muestran cosas que aún no estamos acostumbrados a ver, sentir o escuchar. Incluso, en ocasiones, muchos de nosotros (la mayoría) ni siquiera estamos preparados para recibirlas. Pero aparecen. Y son las obras que pueden cambiarte por completo la percepción de la realidad y marcarte a fuego.

 

Particularmente, me gustan los artistas únicos. Esos que desaparecen y solo quedan de ellos algunas copias carbónicas y borroneadas; pero nunca más encontraremos en otros lo que encontramos en aquellos. Y esa tensión que nos provocan —porque los sabemos únicos— se nos vuelve en contra cuando desaparecen.

 

Recuerdo que cuando Bolaño murió, sentí muchísima pena, porque con él se fueron sus increíbles historias y sus conceptos memorables. Algo similar me sucedió con Saer. Cuando llegaba el silencio y la calma de la noche, cerraba los ojos y me preguntaba ¿dónde se habrán ido todos esos personajes gloriosos que él tenía en su cabeza y que aparecían en sus escritos con una minuciosidad asombrosa? Y esto que describo también me sucede con los músicos. A Elvis lo conocí muerto, pero la muerte de Cobain detonó como un disparo a sus canciones, que también se resignificaron. Y habiendo mencionado a Cobain, voy a intentar encausar este texto hacia la idea con el que fue concebido.

 

Hay artistas únicos, que han dejado algo más que destellos del futuro en su obra. Han legado en vida imágenes reveladoras sobre lo que vendría para ellos. Y ese futuro era tan negro como la estrella del último disco de David Bowie. Estos personajes increíbles nos dieron, en vida, pistas sobre su partida. Muchos de los lectores de este artículo han sido contemporáneos de algunos de estos artistas que nos han dejado, y quizá hayan escuchado sus discos o leído sus libros mientras ellos aún vivían. Quizá hayan tenido el privilegio —un extraño privilegio que yo también tuve y quizá esté teniendo en algún punto en este presente— de contemplar en vivo y en directo su despedida. ¿Se han dado cuenta?

 

La idea de este artículo es, entonces, escribir sobre el acercamiento a la muerte desde el arte; puntualmente, desde la música. O para direccionarlo aún más y mejor: acercarse a una obra que anticipaba o, más aún, que revelaba el final. Y si bien hay muchos artistas que se acercaron y coquetearon —de manera consciente o no— con esa narrativa de la muerte previa a su propio deceso, hay uno que por alguna extraña razón fue muy concreto en su despedida: David Bowie. Bowie vivió en arte permanente y su despedida fue arte puro. Fue uno de esos artistas que tuve el privilegio de ver mientras él decía adiós, desde su propia obra.

 

En los próximos renglones, quiero volver a acercarme a la obra de Bowie y contextualizar mi relación con la misma brevemente (muy brevemente), para tratar de entender esa última narrativa de su disco Blackstar, que apareció apenas días antes de su fallecimiento.

 

Mi devoción por “El Duque Blanco” data de los años 90’s. Aunque, en realidad, supe de él a fines de los 80’s. Y fue ahí cuando conocí su pasado y quedé pegado a su presente, tan futuro. Quizá el disco que más me atrapó fue el celestial Station to Station. Escuchar esa intro progresiva, climática, melódica, me hacía sentir bien y quedaba sonando en mi cabeza, noche tras noche. Escuché mucho, también, la trilogía de Berlín, tan maravillosa, además de Tonight, Young American y los cautivantes Let’s Dance y Black Tie White Noise, que constituyeron algo así como el comienzo; mi puerta de entrada a todo el resto de su obra.  Con aquel álbum entendí, por primera vez, que Bowie estaba editando un disco.

 

Es cierto que el silencio desde 2003 hasta 2013 fue cruel. Durante ese período creí —equivocadamente— que podríamos vivir con su obra ya realizada. Jamás esperaba un bonus track. Pero sucedió: con The Next Day, Bowie había vuelto. ¡Y por sorpresa! Ese disco mostraba a un Bowie revisionista, aunque clásico. Luego vendría su obra final, Blackstar de la que hoy quiero hablar.

 

A diferencia de The Next Day, Blackstar rompió todo en mil pedazos.  No caben dudas acerca de que Bowie fue un vanguardista en varios niveles. Lo fue desde Space Oddity; lo fue con sus alter ego, con Major Tom, con sus formas, sus interpretaciones, su vestuario, sus temáticas, sus ideas y hasta con sus excesos. Pero, sobre todo, lo fue con sus canciones, ancladas en medio del espacio;  pero no un espacio lejano, sino ese espacio que nos separa unos con otros. Bowie fue como una galaxia, un Big Bang. Y muchas de las cosas que vendrán serán consecuencia de alguna de sus explosiones. Pero en Blackstar encaró su última mutación, la que le faltaba, porque no podría haber venido antes: Bowie escribió sobre su muerte, estando vivo. Y nos entregó sus ideas, días antes de irse. Lo dicho: elegancia pura.

 

¿Puede un artista presagiar su propia muerte?

 

Por lo general, cuando alguien muere genera un shock a su alrededor y entre quienes lo conocían.  Es como si un cubo de hielo estallara en el medio de tu frente.

 

Recuerdo perfectamente aquella mañana de enero de 2016. Abrí los ojos, tomé  el móvil y vi, aún recostado, una notificación de una cuenta de Twitter que decía “R.I.P. David Bowie”. Entonces, mi cuerpo se estremeció, tal como se estremecen esas personas en el video de Blackstar. Fueron segundos de un vértigo íntimo. Estaba en plena escucha de su último disco y la sorpresa fue grande. Pero, de inmediato, comencé a hacer algo que hacemos todos cuando un artista muere: revisar los últimos tramos de su obra, buscando en ellos señales del final.

 

Naturalmente, hay un significado distinto al escuchar Blackstarantes y después de la muerte de su autor. El disco deja pistas por doquier. Pistas que, quizá, hoy es posible ver con toda claridad; pero que en las escuchas previasfuncionaban más como un signo de interrogación que como una evidencia. ¿Cómo no recordar —con Bowie aún vivo—aquella sensación extraña al escuchar las primeras líneas de Lazarus?

 

Si incluyéramos en este artículo el EP que fue publicado con posterioridad a la partida de Bowie, tendríamos aún más letras que reflejan, o anticipan, su final. En él encontramos también una temática anticipatoria de lo que vendría. Pero no es el caso que ahora nos convoca. Mi idea es buscar, en una obra que su autor lanzó en vida, todos los avances que él mismo nos  dio acerca de lo que vendría (y que llegó): la estrella negra, su propia muerte.

 

Bowie comienza con Blackstar mucho antes de que oprimamos el botón de play. ¿Qué hay en esa portada? ¿Qué es esa estrella negra? ¿Por qué no aparece él —como en sus discos anteriores— en la gráfica y, en su lugar, nos encontramos con una estrella negra sobre fondo blanco? Lo que en su momento muchos interpretaron solo una portada “extraña”, cobró nuevas connotaciones luego de la muerte del artista. ¿Se trataba, acaso, de un símbolo de su propia estrella muerta adornando el cielo? Incluso, con posterioridad y en la edición de vinilo, un fanático aportó una nueva mirada: el diseño de tapa —trabajado de manera distinta—muestra una estrella negra recortada. Si la luz impacta directamente en el centro de la portada, el interior del astro se convierte en miles de brillantes estrellas. Pero, cuando el haz de luz deja de impactar, aquellas múltiples estrellas desaparecen, para volver a su estado original. Otra vez: la simbología de la  vida y de la muerte, con solo modificar la posición de la gráfica respecto de un rayo de luz.

 

Pero cuando pasamos al puro contenido musical, para comenzar a escuchar la canción que se titula igual que el disco, nos encontramos con nuevas revelaciones. Entre un comienzo lento y denso, aparece la luz con la misma imaginería de la muerte. Y escuchamos a un Bowie entero, emotivo, que canta cuando el tema se libera:

Algo sucedió el día de su muerte / el espíritu se elevó un metro y se hizo a un lado / Alguien más tomó su lugar, y valientemente lloró / Soy una Estrella Negra, soy una Estrella Negra)” (Something happened on the day he died, / Spirit rose a metre and stepped aside / Somebody else took his place, and bravely cried / I’m a blackstar, I’m a blackstar).

 

El artista podría estar hablando de él o de cualquiera de sus alter ego. O, más aún, podría referirse a cualquiera de nosotros. Pero, como fuere, el tema principal es la muerte. La mismísima muerte como eje central, como apertura lúgubre, que luego estalla. Y conociendo el antes y el después del lanzamiento de la obra, quizá no resulta aventurado interpretar que Bowie estaba hablando de él mismo, como si fuera alguien más.

 

El tema 2 despista solo un poco. Le abre paso, quizá, a su confesión más osada y directa en cuanto a temática: Lazarus, o los últimos días narrados desde el más allá.

 

El comienzo —lo hemos mencionado— estremece tanto cuando lo escuchamos antes de su muerte como cuando lo hacemos con posterioridad a la misma.

“Mira hacia arriba, estoy en el cielo / Tengo cicatrices, que no pueden ser vistas” (Look up here, I’m in heaven / I’ve got scars, that can’t be seen).

 

De nuevo imaginando su fuga, pero yendo más lejos, ya fugado. Oscuro, críptico, cantando sobre el final desde la propia vida. Quizá sabiendo que, como Lázaro, su muerte era inminente. Pero luego de la muerte vuelve la vida. Bowie se va; su obra queda. Esa es su resurrección. El círculo no termina de cerrarse para ya estar abriéndose de nuevo.

 

Pero sobre el final de la canción, aún va un poco más allá:

“De este modo o de ningún modo / sabes, voy a ser libre” (This way or no way / You know I’ll be free).

 

Lo dicho: muerte y resurrección. En el videoclip de la canción —compartido un día antes del lanzamiento de Blackstar— vemos a un Bowie atado a la cama de un hospital, con el rostro cubierto. Mientras los sonidos se superponen, el saxo va y viene por todas partes. Estamos flotando en el medio de la nada. Allá nos lleva, allá vamos. Sobre el final, todo vuelve al comienzo. Hay un inquietante armario, al comienzo del video, que siempre parece al acecho. En su interior hay oscuridad absoluta. Sobre el final, uno de los tantos Bowie vuelve, con movimientos mecánicos, a meterse dentro. Desaparece y cierra el círculo. No es irrelevante mencionar que durante la grabación de ese video Bowie se enteró que no sobreviviría a su enfermedad.

 

Algunos destellos finales más. Bowie canta en Dollar Days (Los días del dólar) sobre algún más allá mientras repite en una especie de plegaria: “Estoy muriendo también” (I’m dying too).

El disco cierra con el pasaje en mano hacia otro lugar: en “I Can’t Give Everything Away” (No puedo darlo todo). Bowie comienza cantando:

“Sé que algo está muy mal / el pulso regresa a los hijos pródigos / los corazones oscuros, las noticias floreadas / con diseños de calaveras sobre mis zapatos” (I know something’s very wrong / The pulse returns the prodigal sons / The blackout hearts, the flowered news / With skull designs upon my shoes).

 

Una marcha fúnebre, pero alegre; que no cuenta todo, que oculta el secreto más grande, que lo deja flotando: tengo un problema, no te lo contaré. Y con esa canción llega el final. Literal. Ya no queda nada. Silencio, vacío. La despedida.

 

Desde este escueto análisis —que mezcla lo empírico con sensaciones y experiencias— podríamos concluir reflexionando acerca de la dirección que quiso tomar “El Duque Blanco” en su última obra. Una temática cercana a su realidad, que ponía en el centro de la escena a la misma muerte, valiéndose del vínculo invisible pero perceptible entre el final de la vida y el arte. Dos experiencias que exceden la realidad. Así, Bowie concibió una obra que le abrió la puerta al más allá y que nos permitió, a los demás mortales, asomarnos a ese futuro que será nuestro futuro, para permitirnos reflexionar sobre ese camino tan extraño que nos queda por delante.

 

Y, de nuevo, se nos adelantó con elegancia, para poner el punto final.

 

Mientras vuelvo a escuchar alguna de sus canciones en random, me resulta inevitable preguntarme otra vez, tal como lo hice con Bolaño, Saer y tantos otros: ¿dónde se habrán ido todas sus canciones? Mientras tanto, los parlantes amplifican “There’s a starman waiting in the sky; he’d like to come and meet us but he thinks he’d blow our minds…”

Sobre el autor

Diego Passamonte es periodista y escritor. Actualmente trabaja en Marketing.  Fue el creador del Weblog “Sueños a Pila” que estuvo online durante más de 10 años. Allí publicó ensayos, cuentos cortos, dos micro novelas y críticas de libros y discos.

Para leer algunos de sus cuentos haz CLICK AQUÍ.