Simionema | Diego Passamonte – Cuentos
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Diego Passamonte – Cuentos

ESPERANDO LA TORMENTA

Diego Passamonte

Esta ciudad es un infierno. En realidad, gran parte del mundo mira hacia arriba para ver si el cielo tiene alguna respuesta ante tanto calor. Pero no; las nubes desaparecieron hace tiempo, las altas temperaturas son agobiantes y la electricidad va y viene, igual que el agua. Los aparatos electrónicos fueron los primeros en abandonarnos. Sólo una radio, de tanto en tanto, sobrevive sonando borrosa y con mucha descarga en el éter. Los cuerpos sudan, se estremecen ante el aire caliente. Vivimos días largos, pegajosos.

En las ciudades, y en esta ciudad en particular, hay pequeños “quioscos” que permanecen abiertos durante todo el día; sus dueños están armados hasta los dientes. No es que tengan demasiadas cosas, es más, sólo tiene algunas pocas, pero tienen lo que más importa: botellas de agua. El agua es el don más preciado y escaso por estos tiempos donde abrir una canilla conlleva a sentir el vacío. Vacío es eso que no sale, que no aparece, que te hace sentir que las cosas deberían haber sido distintas. Vos esperas algo y no hay nada. Nada. Eso es el vacío. Sólo una gota de agua de tanto en tanto, para mojarte los labios, para ver como brilla esa humedad menor y recordar también la forma en que brillaba antes, cuando el mundo iba directo a esto que hoy vivimos: un mundo seco, caluroso, insoportable.

El tiempo pasa, la noche avanza… un grupo de personas a mitad de cuadra comienzan algo parecido a la danza de la lluvia. Volver a los orígenes sin perder de vista el horizonte. Falta menos de una hora para amanecer, ya nadie duerme hace tiempo, las vidas se acortan mientras los días se alargan. La danza de la lluvia llena el aire, los gritos alucinados rebotan en las estructuras secas y calientes. Ciudades hirviendo. De repente alguien se detiene-no son más de 20 personas bailando, las vengo observando-mira el horizonte ya claro por el amanecer y comienza a gritar. Aparece gente por todos lados, todos corren. Hay niños que nunca han visto algo así en el cielo, hay otros que hace mucho tiempo no las vemos. De la parte sur de la ciudad, abajo, bien abajo en el horizonte, un puñado de nubes aparecen. La gente río o llora, estamos todos extrañados y felices de volverlas a ver.

Las nubes, aquellas mismas nubes que describió Saer, están llegando a la ciudad. Todos nos ponemos a bailar algo, no sabemos muy bien qué. Si los dioses lo toman como una danza de la lluvia, el mundo entero se inundaría. Pero los dioses abandonaron este lugar mucho tiempo atrás; lo abandonaron cuando todavía había nubes y agua, cuando existían cortos pero verdaderos inviernos, cuando la gente aún les creía. Ahora solamente, enloquecidos, les bailamos mientras esperamos la tormenta.

PRIMERAS APRECIACIONES SOBRE LA EXISTENCIA DE DIOS [I] (*)

Diego Passamonte

Él está grande, él está pensando demasiado.

Muchos han intentado llegar, por diversos caminos, a demostrar la existencia de Dios. Él también. Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, son solo algunos pensadores -de los más conocidos y que recuerda- que lo han intentado. Él no es un pensador con todas las letras, pero Piensa -así, con mayúscula- y lo ha pensado. En muchas noches de insomnio sin saber por qué se ha preguntado: “¿Dios existe por estos días?”, y ha enterrado su cabeza en la almohada como intentando encontrar algunas señales; ha cerrado fuertemente sus ojos, apretado sus párpados contra sus ojos buscando algo en medio de tanta negrura. Frecuentemente se ha quedado dormido en el intento y ha despertado pensando en otra cosa.

 

De pequeño-y por obligación-le vivió rezando a Dios. Muchas veces no supo por qué rezaba o no llegó a entender la dimensión de su rezo, algo lógico. Pero, entendió luego, que rezando ingresaba en el pantanoso terreno del mantra; una repetición tras repetición que generaba algo nuevo, algo que al principio no estaba ahí. ¿Eso era hablar con Dios? Por aquellos años se sentía muy pequeño como para rezarle a Dios y como para que Dios lo escuchara, por lo que frecuentemente se perdía en cavilaciones sin sentido. Por algún motivo, quizá sea por tener que mirar hacia arriba, siempre busco a Dios entre las nubes. Hubo un tiempo en que se sintió escuchado y le rezaba ya no pensando, sino susurrándole, para poder amplificar sus oraciones y sentirse un poco más cerca de Él. Hubo otro tiempo, en el medio de su vida, en que lo olvidó todo y no pensó demasiado en Dios; estaba más interesado en el día a día que lo acuciaba, que lo asustaba, y hasta lo blasfemó una y mil veces. Hace poco le pidió perdón, y como cree que Dios perdona se sintió perdonado, y hasta se sintió bien por haber sido tentado por el mal y estar de vuelta “del lado de los buenos” a tiempo.

Tiene aún muchos anhelos, sueños íntimos que jamás confesará y que nunca podrá cumplir, deseos de realidades completamente distintas. Por estos años vive como sumido en sí mismo. Nunca se enteró, por ejemplo, de que el mundo está desde hace mucho tiempo en guerra, ni que existe Internet, ni siquiera oyó hablar de los mp3 o las Torres Gemelas. Tiene algunos conocimientos firmes, inamovibles, eso sí: cree en Dios, por supuesto; cree que sabe todo lo que una persona de su edad puede saber, aunque frecuentemente se olvida de ello y de lo que cree

saber, o no está tan seguro; cree que tuvo algunos hijos pero que ellos ya han muerto, cree en él, y eso lo tranquiliza.

Hace unos días, cuando estaba durmiendo sentado en su silla de ruedas, habló con Dios. Hasta el día de hoy defiende esa idea por más que muchos crean que lo ha soñado o inventado. Sostiene que en los sueños uno no puede sentirse tan bien, pero que, hablando con Dios, uno definitivamente se siente bien. El diálogo fue muy breve, hasta precario podría decirse. Dios lo saludó y con su aliento fresco le despertó los recuerdos más asombrosos de su feliz niñez: recordó así su casa con un profuso jardín siempre florecido, recordó a su madre esparciendo el perfume que sólo da y quita la juventud, se recordó comenzando a caminar, recibiendo un beso de su padre. Luego vinieron los recuerdos ominosos que gobernaron el resto de su vida pero que por algún extraño motivo no se sentían tan mal: la soledad de su existencia, la desaparición de su familia, la pobreza, el derrotero al que llevó su miserable existencia…hasta que se vio nuevamente frente a Dios, el Dios que siempre había estado presente aunque de manera inconsciente en su memoria, y se le ocurrió preguntarle“… ¿por qué estoy viejo?, ¿por qué sigo solo?, ¿por qué estoy perdiendo la memoria y me estoy muriendo?, ¿por qué te sigo creyendo?…”. Dios en ese preciso momento se desdibujó y él volvió a quedar solo, despierto ya en su silla de ruedas, frente a un largo espejo donde se acentuaban sus arrugas, sintiendo de nuevo como los segundos le comían la sangre. No se sentía nada bien, estaba de nuevo aturdido y agobiado. Cerró los ojos, pensó en el poco tiempo que le quedaba y se dio cuenta que ni siquiera podía recordar su vida. Suspiró profundamente y una vez más comenzó a murmurar:“… Padre nuestro que estás en los cielos…”

(*)Texto tomado de la saga “Primeras apreciaciones de la existencia de Dios.”

¿SUEÑO?

Diego Passamonte

Andrés llegó esa noche a su casa después de un largo día de trabajo. Estaba muy cansado, no tenía ganas de comer ni de bañarse, así que optó por irse a dormir. Antes, le llamó la atención un papel que había sobre la mesa de su cocina; el papel decía: “Andrés, ayer te mataron”. Andrés no entendía quién podría haber entrado a su casa y dejado esa nota. Se asustó. Se fijó si la puerta estaba bien cerrada, apagó las luces y se dirigió a su cuarto. Miró debajo de su cama presintiendo lo peor; no había nadie. Luego se desvistió y se acostó. Pensaba en la extraña nota y en las ganas que tenía de dormir. Andrés nunca supo que ese día no se había despertado.

Sobre el autor

Diego Passamonte es periodista y escritor. Actualmente trabaja en Marketing.  Fue el creador del Weblog “Sueños a Pila” que estuvo online durante más de 10 años. Allí publicó ensayos, cuentos cortos, dos micro novelas y críticas de libros y discos.